Arquitectura suspendida frente al Mediterráneo
Ubicada en lo alto de una colina en Moraira, esta vivienda unifamiliar se orienta plenamente hacia el sur, abriéndose al mar Mediterráneo. Desde su posición privilegiada, la casa se concibe como una superposición de planos horizontales que se proyectan hacia el vacío, en un diálogo constante con el horizonte y la luz.
El proyecto parte de la premisa de adaptar la edificación a la topografía natural, aprovechando la pendiente para liberar las vistas desde todos los espacios habitables. El volumen principal se eleva sobre un zócalo pétreo que lo asienta y lo ancla al terreno, mientras los niveles superiores se deslizan suavemente, generando vuelos y sombras que aportan profundidad a la composición.
Esta estrategia de plataformas escalonadas permite una transición natural entre los diferentes niveles de la parcela, reduciendo el impacto visual y potenciando la integración de la arquitectura en el paisaje.
Las grandes luces estructurales y los voladizos enfatizan la sensación de ligereza y continuidad espacial. La estructura metálica, oculta entre planos de hormigón armado y revestimientos de mortero blanco, permite liberar las esquinas y prolongar los cerramientos acristalados sin interrupciones. De este modo, las líneas horizontales se perciben puras y tensas, suspendidas entre cielo y mar.
El diálogo entre materiales responde a un criterio de honestidad y contraste controlado: la piedra natural de mampostería seca se emplea en el basamento, conectando la vivienda con el terreno y aportando inercia térmica. La madera, en lamas verticales, suaviza la composición y filtra la luz en las zonas de transición. Los planos blancos de los forjados se presentan lisos y continuos, reforzando la sensación de orden y serenidad.
El resultado es una paleta neutra, cálida y atemporal, que permite que la luz cambiante del Mediterráneo modele las superficies y las tonalidades a lo largo del día.
La piscina se concibe como un elemento arquitectónico más, no sólo como un espacio exterior de ocio. Fragmentada en diferentes planos y niveles, se recorta sobre el terreno y prolonga visualmente la línea del horizonte. Su lámina de agua actúa como un espejo que multiplica el cielo y el entorno, generando reflejos que varían con la hora y la estación. Desde el interior, la piscina parece fundirse con el mar, completando la continuidad entre vivienda, agua y paisaje.
En el nivel principal se desarrolla la zona de día —salón, comedor y cocina—, concebida como un espacio continuo abierto al exterior a través de grandes ventanales correderos que desaparecen al retraerse, disolviendo los límites físicos. La planta superior acoge los dormitorios, todos ellos con terrazas privadas y vistas directas al mar.
El acceso a la vivienda, más contenido y protegido, contrasta con la apertura total hacia el sur, reforzando la secuencia espacial que va desde lo íntimo hasta lo infinito.
La precisión geométrica, la ligereza estructural y la pureza material definen la esencia del proyecto.
El resultado es una vivienda que no compite con el paisaje, sino que lo enmarca y lo potencia: una arquitectura silenciosa, suspendida entre el cielo y el agua, donde el horizonte se convierte en el eje absoluto de la vida cotidiana.